“Ismael de Caguas”

Él era simplemente un muchacho tímido tratando de impresionar a la chica de sus sueños, sin poder comprender que los sueños no se hacen, uno los hace realidad.

ESPAÑOL

¿Cómo encontrar el verdadero amor? ¿Cómo lograr que esa persona especial que ha captado nuestra atención se encuentre igualmente cautivada por nosotros?



“Ismael de Caguas”

💞

¿Cómo es que dos extraños se encuentran y se llegan a conocer hasta el punto de enamorarse? Esa siempre fue la pregunta que yo no supe contestar. 

Mis amigos conocieron a sus novias en la escuela superior o en la universidad; parecía fácil pero a mí nunca me funcionaba. La superior pasó de largo y yo estaba ocupado con otras cosas, cosas que ocupan a los hombres que marchan a su propio ritmo: el baloncesto, el college board, mi trabajo part-time y mi primer carro. Luego fue trabajar, estudiar, trabajar más, estudiar menos. Mis amigos iban cayendo uno a uno en el compromiso del matrimonio como moscas que se ahogan en una hoya gigante de sopa; contentos por tener novia, en pánico por tener que casarse con la de turno o con la siguiente novia. Pero yo seguía solo y tratando de descubrir cual era el truco, la táctica perfecta para atraer a la mujer de mis sueños, hasta ese día en que la conocí a ella.

Me acuerdo de Lucinda, frágil y tímida como un ideal de femineidad sacado directamente de un anuncio de pantimedias. Tenía el pelo largo y lacio, la piel clara, alguna que otra peca. Fue durante el tercer año de universidad en la clase de biología celular y molecular. Ella se sentaba al frente, atenta y callada; yo, tres pupitres más atrás, me distraía en contar una a una las fibras oscuras del manto de su pelo. Estuve casi un mes armándome de valor, tratando de encontrar la frase perfecta que decirle para que se enamorara de mi inmediatamente y yo no tuviera que pasar trabajo en hablar más con ella, escucharla, o entenderla más allá de lo bien que se ajustaban los mahones pegaditos al contorno jugoso de sus nalgas.

Un día por fin se presentó la oportunidad; un exámen en la tarde y nosotros dos los últimos en salir del salón. Nos encontramos casi simultáneamente en la puerta, yo tomé un paso atrás, todo un caballero. Ella levantó la vista y apretó más fuerte el libro que cargaba contra su pecho, me miró brevemente y me dió las gracias. El corazón se me revolcó por dentro, yo le dije en silencio, “tranquilo, todavía nos falta”, y mi cabeza me urgía “ahora es el momento, dile la frase mágica”.

“Cuéntame,” le dije una vez estuvimos afuera, “¿te dolió mucho?” Ella se volteó hacia mí un poco confundida, algo seria. Me miró de soslayo y noté que poco a poco se formaba una sonrisa suave en sus labios. Parecía interesada.

“No te entiendo”, me dijo.

“Que si te dolió mucho cuando te caíste del cielo, por que tú pareces un ángel.” Lucinda se volteó hacia mí y me miró de arriba abajo con la sonrisa media de una menguante luna curiosa.

“Eso lo leíste en la columna de Pepito,” me dijo, mirándome directamente a la cara. “Pero te perdono lo poco original por la buena intención. Me llamo Lucinda, ¿y tú como te llamas?”

“Ismael,” le dije y vacilé por un momento; en aquel instante cuando finalmente pude hablar con ella, los nervios me empezaron a traicionar. “Soy de Caguas.”

“Bueno, Ismael de Caguas, ya que nos conocemos, ¿por qué no te invito a comer?”, me dijo con una sonrisa amplia. No era tan tímida como yo pensaba. “En la esquina se para una guagüita donde hacen una pizza bastante buena.”

Algo se me apretó por dentro y no supe qué contestar. Todo iba muy rápido. Bajé la vista y terminé mirando sus chancletas y las uñas pintadas de rojo en sus pies. Yo no estaba listo para comer delante de ella. Levanté la vista, me le quedé mirando, tragué saliva, sentí mis cachetes ponerse del color de sus uñas y bajé la vista otra vez. Sentí sus ojos grandes y oscuros, llenos de travesura y coquetería, recorriendo mi pecho y empecé a sudar. ¿Se daría cuenta de que yo tenía un rotito en la camiseta? Era demasiado hermosa para mí, de seguro sólo le interesaba el dinero, parecía muy facilita como para ser decente. ¿Y esos pantalones tan pegados? Puta; apuesto a que se los pone para que le miren el culo…

“Ehhh… No puedo, no puedo ir a comer. Tengo que, tengo que, tengooooo un compromiso”, le dije.

Con la prisa, no supe ni qué otra excusa le dí antes de salir corriendo. Cuando llegué a mi carro, el corazón ya protestaba y el cerebro me decía: “Si serás pendejo”, pero yo no quería hacerle caso ni a mi mente ni a mi corazón.

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Mientras tanto, en un universo paralelo…

Algo se me apretó por dentro y no supe inmediatamente qué contestar. Todo iba demasiado rápido. Bajé la vista y terminé mirando sus sandalias doradas y sus uñas pintadas de rojo. Tragué saliva, levanté los ojos hacia los de ella y la miré esperanzado y lleno de temor. Sus mirada era un pozo oscuro, pero al observarla con detenimiento, me dí cuenta que Lucinda también estaba nerviosa. “Es tan humana como yo,” pensé, y “que chulitas son sus pecas.”

“Yo no puedo permitir que una dama me invite a comer,” le dije finalmente, tratando de disimular mi nerviosismo. “Deja que sea yo el que compre la pizza.” En ese instante, su sonrisa se volvió más amplia y ella asintió con la cabeza. Estábamos lo suficientemente cerca el uno del otro como para yo poder oler su fragancia de flor exótica. El sol se iba poniendo. Mi mente me decía en secreto, “Lo lograste, macho, eres una jodienda,” y yo no podía parar de mirar los pícaros ojos marrones de Lucinda, ni dejar de sonreír.

“Ok. Pero yo pago los refrescos.”, me dijo mientras caminábamos juntos y ella jugaba con un mechón de su pelo. “Mujer liberada,” dijo, casi como en un reto.

“¿Ah? ¿Si?”, le dije yo. Entonces, supe que era el momento preciso de correrme otro riesgo: le ofrecí mi brazo para que se cogiera de él y le contesté “A mi me encantan las mujeres liberadas.”