Recordando los poemas de Julia de Burgos

 

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¿Quién era Julia de Burgos? Se puede argumentar que fue la poeta puertorriqueña de mayor impacto y fama en la literatura de Puerto Rico, o al menos así lo ha sido para varias generaciones de estudiantes en nuestra isla. La cadencia, el romanticismo de sus poemas, el patriotismo velado—ni tan explícito como para que unos adolescentes con vidas insulares, como lo fue la mía en algún momento, lo pudieran entender por completo—todo eso es personalmente lo que  me significa la poesía de Julia de Burgos. Han pasado muchísimos años desde que prendía la radio a to’ lo que da en mi cuarto y me evadía de la realidad alternando entre vociferar canciones y leer, calladamente, poemas. Un día andaba yo por la librería del Instituto de Cultura Puertorriqueña en el Viejo San Juan buscando libros de autores puertorriqueños contemporáneos—y por contemporáneos me refiero a alguien que haya escrito algo en el siglo 21—y me entró un antojo irresistible por la poesía lejana, pero nunca olvidada, de Julia. El libro que a propósito de esto compré, cruzó el Océano Atlántico volando—¡pues claro, en mi maleta!—como una gaviota de papel con el poder de batir sus alas sobre el mar para irse por el aire hasta el pasado. Y cuando por fín se posó en mi mesita de noche para ayudarme a arrullar los minutos insomnes que han de pasar cada día antes de llegar al sueño, el libro y sus poemas ya no tuvieron la misma magia que antaño habían tenido para mí.

Esto era un misterio; es cierto que mis gustos han cambiado muchísimo con el pasar de los años y los trajines de la vida pero sentí la pérdida de ese amor por la poesía como la prueba infinita de la pérdida irrefutable de todos mis años de juventud; ni siquiera las arrugas habían sido tan definitivas ni crueles. Persistí en la lectura por ser al menos fiel en mi persistencia hasta que un día, cansada y hasta algo aburrida, empecé a leer los poemas en voz alta. 

¡Una revelación! Una cadencia que me tomaba por el cuello desde las cuerdas vocales y se expandía como un árbol metafísico por los recodos de mi cerebro, un poco de locura, un sabor a palabras vivas, todo rodeándome como la piel de fruta jugosa de mis sentidos, resusitó los poemas de aquella mujer separada de mí por tres cuartos de siglo. ¡La idea iluminada! Los poemas son para masticarlos con los dientes del desvarío y saborearlos corriendo por toda la boca y apoderándose de la barriga, de los ojos y de la lengua. Los poemas te corren por la espalda y te tocan en recodos de la piel que ya ni te acordabas que tenías. Los versos que en realidad te llegan, te separan del mundo, de las noticias, de las tragedias, de los viruses, de las pantallas inorgánicas que refuerzan connecciones vacuas en las neuronas de tu cerebro. Los versos no te harán una mejor persona, ni más tranquila, ni más sana, ni más cuerda—quizás estimulen tu inteligencia; las palabras precisas tienen algunas veces ese don. 

Hay muchas cosas que al leer estos poemas no había notado antes,—aunque me influenciaron para escribir mis propios poemas cuando era muy joven,—pero ésta vez saltaron hacia mí con cada línea leída. Noté por ejemplo, que las oraciones son estructuralmente muy sencillas, en tiempo presente y tienen muy poco sentido; son como brochazos en una pintura abstracta que igualmente comunica belleza aunque no se pueda distinguir lo que exáctamente representa. El vocabulario es bastante limitado; uno pensaría que de flores, en el lenguaje español, no existen mucho más que rosas y alguna que otra margarita moribunda. Hay mucho de albas, pájaros y trenes. Un vehículo que se mueve en el mundo de Julia, la gran mayoría de las veces es un tren; no hay coches, ni carretas, ni carros, ni caballos, ni bicicletas, ni guaguas o autobuses, ni aviones. No existe para ella el contexto tangible; el poema ocurre mayormente en un espacio ideológico y estrecho. El mar, el río, muchos árboles y muchos pájaros y, de vez en cuando, una palabra de diccionarion como “tálamo”.—¿Recuerdas la última vez que te subiste al tálamo y pensaste: ¡ay, qué magnífico tálamo?”—¿En qué mundo vacío viviría ella? ¿Sería por eso que necesitaba rebelarse contra la sociedad que ponía en una caja pequeña sus horizontes? El uso del lenguaje es intensionalmente desplazado hasta una sutil pero muy satisfactoria incoherencia: “De aquí se ve el mar con olas nadando hasta la orilla,…” Uno sabe muy bien que las olas no nadan, se desplazan, se propagan, pero el sentimiento sí que prefiere ir braceando con olas imaginarias sobre cada letra y sobre cada página. Y al final, ¿qué más da? Los poemas son para moderlos, para degustarlos, para sentirlos y no necesariamente para entenderlos más allá del cansancio leve y dulce que te invade después de ser poseída, en horas imprecisas, por unos versos.

¿Te gustó esta pieza? Pues de seguro te va a gustar “A VECES UN POEMA“.



Algunos enlaces de interés:

  1. Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña
  2. Acerca de Julia de Burgos, biografía en español, biography in English
  3. Artículo en el New York Times en español 
  4. Biografía de Julia de Burgos in English