A Month in Puerto Rico Part I: Home and thereabouts

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Sunset in Dorado, Puerto Rico

I have spent about a month in Puerto Rico, mostly taking care of some family affairs like helping to take care of my mom and watching, with a lot of pride, my niece graduating from high school. In between family engagements, however, I was able to do some other fun things. I would like to tell you a little bit about my stay.

When people think about Puerto Rico, they think beach, sun, drinks, and fun, and that is certainly what most tourists ever get to enjoy of our island, but there are other things. For starters, although we have an abundance of world-class beaches and the blessings of a tropical weather to spend time in them, there are other, simpler aspects that always strike me as overlooked beauty: the mountains, valleys, and other ‘secret’ corners of the island. Puerto Rico is a strange, magical place, really photogenic; officially only 9,104 square kilometers due to its rugged topography is bigger inside and more varied that most people know.—Just ask any visitor who ever decided to take a drive in the by-roads of the central mountains and couldn’t find their way out without the help of locals. 

From Toa Baja to Toa Alta

For many years, I took the route shown in the picture above coming from the town of Bayamón, through Toa Baja, and descending into my hometown of Toa Alta; almost every single time I wondered about the spectacular view of the humid hills of the north and the central mountains—Cordillera Central—and vowed one day to take a picture. It was more difficult than you’d think because while I was the driver, or while the view passed too fast for me to whip out my camera, I could not take a sharp enough photograph. Perseverance pays off, though, and now I am able to share this nice picture with the world. It still doesn’t do justice to the view but it is good enough for people to get an idea of this ‘secret’ natural beauty spot. 

Toa Alta, Puerto Rico

At home, when the light filters through drifting, spongy clouds, every humble corner has something to show, like this photo of the bougainvillea in my parent’s house, always around, un lagartijo. Everything is aggressively alive, the flowers, the fruits, a dizzy yellow butterfly flying too fast for my camera, the hot breeze pushing greenery and humidity around, and of course, my most mortal enemy: a free-ranging chicken—don’t be deceived by its placid attitude, it is vicious.

Bougainvillea/trinitaria

Lagartijo on the window.

Greenery and a royal poinciana.

Avocado tree.

yellow hibiscus

Quenepas–an edible sweet fruit.

Close-up of quenepas.

Mortal enemy.

I get drunk and dizzy with the greenery and the heat, like a yellow butterfly in the garden, and forget other places and other things. Once, in France, I was proudly showing pictures of all the natural beauty of Puerto Rico to some friends—who bore it with good grace and fortitude—until one of them exclaimed something to the effect that it must be wonderful to live in such a wild, unspoiled place, without cities, traffic jams or tall buildings. Ups! We have some of those too, but not too far away from nature. 

San Patricio

At home, my family and I took turns to take care of my mom—who is having some health issues,—reminisced about the remote and the recent past, played dominoes, and I was able to verified that my eldest brother, indeed, makes the best habichuelas guisadas of the Northern hemisphere, and possibly, the world. 

That is all for now. In the next part, I will let you know more about other things that I did, great food that I ate, and what happened when my awesome husband (AwHus) flew down from Qatar to join me in Puerto Rico. 


ESPAÑOL

Un Mes en Puerto Rico

Parte I: En casa y sus alrededores

 

Recientemente, he pasado cerca de un mes en Puerto Rico, principalmente en cuestiones familiares como el ayudar en el cuidado de mi mamá (que está teniendo problemas de salud) y mirar, con mucho orgullo, a mi sobrina graduarse de cuarto año de escuela superior. Entre cosas y obligaciones familiares, me ha quedado algo de tiempo para hacer un poco de turismo interno; quiero contarles algunas anécdotas de mi más reciente visita a la isla del encanto.

Cuando la gente piensa en Puerto Rico piensa en la playa, el sol, bebidas tropicales y diversión; es cierto que esas cosas son las únicas que llegan a disfrutar de nuestra isla la gran mayoría de los turistas, pero hay otras aspectos que, desafortunadamente, pasan desapercibidos. Para empezar, aunque tenemos abundancia de playas mundialmente famosas y un clima perfecto para disfrutar de ellas, hay otras bellezas naturales, montañas, valles y otros rincones “secretos” de las isla que siempre me han parecido poco apreciados. Puerto Rico es un lugar extraño y mágico, sorprendentmente fotogénico donde uno menos se lo espera. Aunque cuenta solamente con XXXX kilómetros cuadrados de extensión territorial, su topografía rugosa lo hace más largo de recorrer y más variado de lo que muchas personas se imaginan.—Solamente pregunténle a cualquier visitante que haya decidido dar un paseo en carro por los caminos rurales de las montañas del centro de la isla y que no haya podido encontrar el camino hacia la costa sin la ayuda de alguna persona local. 

Pero sin ir muy lejos, cada pueblo, cada barrio de la isla tiene sus rutas que sin ser oficialmente nombradas, resultan panorámicas y pintorescas. Cuando vivía aquí, por muchos años tomé el camino que se muestra en la siguiente foto, desde el pueblo de Bayamón, a través de algunos barrios de Toa Baja, descendiendo entre colinas verdes hasta los linderos de mi amado pueblo de Toa Alta. Casi cada una esas veces me maravillaba por unos segundos ante el panorama espectácular de las colinas húmedas del norte a los pies de la más distante y prominente cordillera central, y me hacía el propósito de tomarle una foto al paisaje. Uno pudiera pensar que eso sería bastante fácil, pero en aquella época previa a los teléfonos celulares, la vista pasaba tan rápido que era imposible sacar mi cámara a tiempo y tomar una foto que no estuviera borrosa. El que persevera, triunfa, como dice el refrán y es ahora que mi perseverancia me deja compartir ésta foto de mi pequeño mundo con el mundo en general. Me parece que la foto no le hace completa justicia a la vista, pero es lo suficientemente buena como para darles una idea de éste paisaje “secreto”.

Una vez en casa, cuando la luz del sol se filtra a través de nubecitas esponjosas, cada humilde recodo tiene algo que mostrar; como por ejemplo, la trinitaria en la casa de mis papás; siempre cerca, un lagartijo. Todo parece agresivamente vívido, las flores de colores exagerados, los frutos abundantes, una mariposa amarilla revoloteando entre las plantas demasiado rápida como para capturarla en una foto, la brisa caliente que sacude al verdor y a la humedad, y por supuesto, nunca lejos, mi enemiga mortal: la gallina—no se dejen engañar por su actitud plácida, es malvadísima.  

El calor y el verdor son embriagantes, me dejan como una mariposa desquiciada en el jardín y se me olvidan otros aspectos y otros lugares que también son boricuas. Una vez, estando yo en Francia, les estaba enseñando a mis amigos fotos de toda la belleza natural de Puerto Rico—que ellos admiraban con bastante paciencia—hasta que uno de ellos me comentó que debía ser maravilloso vivir en un sitio tan prístino y natural, sin ciudades, tapones o edificios altos. Creo que los desinformé con mis fotos; también tenemos de esas cosas aunque nunca demasiado lejos de la naturaleza. 

En casa, mi familia y yo nos turneamos en cuidar a mami, nos sentamos a recordar el pasado reciente y el pasado remoto, jugamos dominos y yo tuve la oportunidad de comprobar que mi hermano, en verdad, hace las mejores habichuelas guisadas del hemisferio norte y posiblemente, del mundo.

Estos es todo por ahora. En el la próxima parte les contaré acerca de otras actividades de las que disfruté, la comida fabulosa que me comí, y lo que pasó cuando mi esposo maravilloso (Lloso) vino desde Qatar para pasar unos días conmigo en Puerto Rico.