El Tiempo, la Resignación y la Proximidad de las Ideas

En éste post: pensamientos sueltos acerca del tiempo, de acostumbrarse a la circunstancias y de la naturaleza de la creatividad.

Marzo se me hizo eterno y sin embargo, siento que logré muy poco. Esas dos semanas que estuve enferma fueron una soberana pérdida de tiempo, especialmente por que usé mi enfermedad como excusa para perder mucho más tiempo del que legítimamente hubiera podido. Incluso en éste momento en en cual trato de concentrarme, escribo “perder el tiempo” y me viene un antojo intenso de hacer exáctamente eso, nada, o nada útil. Por eso estoy aquí, entre todas las cosas inútiles que pudieran ocupar mis horas, escribiendo estos pensamientos sueltos. No son un desperdicio total, ya que me sirven para conectarme conmigo misma, reflexionar, e incluso para calentar la máquina mental que escribe historias y bloguea; son ideales para perder el tiempo mínimamente, sintiendo a la misma vez que estoy haciendo algo productivo. Pero como me pasa muchas veces, no encuentro un tema que de verdad capte mi atención. Generalmente tiendo a quejarme de mi vida o del estado del mundo, pero en realidad, el mundo seguirá siendo lo que es con o sin mis quejas y mi vida no anda mal. Continúo en mi lucha de adaptarme a la circunstancias que siguen parenciendo nuevas aunque ya no son tan nuevas—ya llevo un año a éste tajo—y sigo siendo una princesa en un castillo de arena. Sigo contando los días, imaginado y recordando, tratando de escribir todas esas historias que llevo por dentro, soñando con el día de volver a Europa.  Así voy entrando en la segunda mitad de mi vida sin muchas ilusiones pero con mayor resignación.

Resignación, una de las palabras de mi madre que hasta hace poco tiempo no existía en mi vocabulario; no es que no la supiera, si no que no me interesaba el concepto. Si algo yo he sido en esta vida es todo lo contrario a resignada. En algún momento uno se cansa de buscar la satisfacción coherente de una vida de heroísmo pero, ¿resignarme yo? Ya veremos. Pienso que los últimos tres o cuatro años han sido como reconstruír un pueblo después de un terremoto: primero hay que  limpiar los escombros, luego se construyen las casas nuevas. Siento que estoy terminando de sacar la basura. No es fácil; ahí van las fotos borrosas llenas de fango y las muñecas viejas que uno nunca supo como botar; ahora son sólo pedazos de plástico enredados con trapos y algo que parece pelo rubio pero que es, en realidad, simplemente más plástico. Hay otra cosas también que hay que dejar atrás, pero la metáfora ya se está volviendo muy melancólica y la única cosa que estoy dispuesta a escarbar y rescatar de los escombros es el buen humor, así que buscaré otro tema.

La proximidad de las ideas: Cuando una es creativa tiene muchas ideas, o más bien captura muchas ideas; las ideas andan flotando en el espacio por todas partes, lo que hay es que estar lista y atenta para dejarles la puerta de la mente abierta. Yo le llamo el ataque de las ideas por que en general  no vienen solas; me caen arriba como un ejército de hormigas bravas decididas a moderme hasta el último axón de mis neuronas. Y me persiguen, pero no me asustan, simplemente me ponen eufórica y me hacen sentir inteligente. Cada idea capturada me parece fantástica, me obseciona, me valida; eso, claro, mientras las ideas están frescas. Cuando pasa el tiempo y ya no me siento tan próxima con las ideas en cuestión, muchas veces me llegan a parecer tonterías, o aburridas, o triviales, o todavía buenas pero sin la cualidad energizante del primer ataque. Y las dejo envejecer en alguna de esas libretas o notitas sueltas que siempre andan conmigo, hasta que un día, por alguna cosa que estimula la misma región del cerebro, se rejuvenencen, vuelven al ataque y me obligan otra vez a trabajar en ellas.

En conclusión: no hay conclusión, solamente algunos pensamientos sueltos. Que pasen un hermoso día; que tegan el lujo der perder or ganar el tiempo como mejor les parezca. Tranquilidad.



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