Cuando la vida te da cebollas

DIRECTAMENTE DE MI NEVERA

Cuando se tiene mucho tiempo libre para pensar uno piensa en toda clase de cosas, desde las que parecen más importantes hasta las más simples y mundanas. Fue así que un día al principio del verano, me hallé pensando, casi simultáneamente, en el significado de la vida y en el de las cebollas.

A primera vista las cebollas son unas cosas muy simples; aunque tengan muchas capas todas parecen iguales. Y es posible que lo sean; la misma cosa una encima de la otra haciéndose cada vez más pequeña. Y sin embargo, cualquier cebolla que uno saca de la nevera puede ser sorprendentemente fotogénica. A mí, personalmente, me gustan mucho las cebollas. Van con todo; en la sopa, con las carnes, maceradas con queso manchego para una quesadilla… ¿Me siguen? Son también muy nutritivas pero a la hora de pelarlas y cortarlas…¡Cómo joden!

Ya se preguntarán cómo puedo estar de aburrida para pensar tantas cosas acerca de algo tan banal como una cebolla. Fue cuando me quedé sin trabajo y la vida se me pareció exáctamente a ese vegetal, lleno de cosas buenas pero que de un corte me había hecho llorar y ver borroso todo lo que me rodeaba, que la metáfora me vino a la cabeza. Cuando la vida te da limones, haces limonada. Cuando la vida te da cebollas puedes hacer casi cualquier cosa que se te ocurra, si es que sabes lidiar bien con las lágrimas.

Mi vida no está nada mal. De hecho, aparte del desempleo, todo está bastante bien (o al menos estaba antes de la operación de mi hermano y el azote del huracán María, pero esos son otros veinte pesos). El problema es que para mí, mi trabajo era la única razón para venir a Qatar y ahora sigo estando aquí porque no me queda otro remedio. Es una historia larga y tortuosa, puede ser que hasta aburrida. El punto es, que en mi mente, pelé los días y descubrí que lo bueno de la vida estaba directamente bajo una capa homogénea y densa de cosas malas, mi universo-cebolla personal, como un modelo quántico de un átomo. No era fácil separar una cosa de la otra de una forma que hiciera sentido. ¿Es todo bueno o es todo malo? ¿O acaso será todo medio bueno y medio malo? ¿Será que los pobres tienen que ser conformes con lo que aparezca—como siempre me dice mi madre—y yo he roto todas las reglas con mis ambiciones y mis sueños de algo mejor? ¿O será simplemente, ésta confusión, la famosa crisis de la mediana edad? (Que acabo de descubrir, que no es lo mismo que la crisis de la edad media.)

Cuando la vida te da limones, haces limonada. Cuando la vida te da cebollas puedes hacer casi cualquier cosa que se te ocurra, si es que sabes lidiar bien con las lágrimas.

En este momento debería estar justo en el medio de mi vida; ese instante en que podría mirar hacia atrás, acomodarme en un sitio tranquilo y sentarme a contar arrugas y nietos hasta el final de mis días.—La palabra “nietos” me dá escalofríos. En mi sentido de identidad yo nunca he pasado de los treinta y cinco y además, no tengo hijos. Lo cual siempre me ha parecido maravilloso ya que todos los juguetes de ésta casa son para mí.—Nada que ver, sin embargo. Otra vez he vuelto a caer rodando cuesta abajo, no me queda de otra que empezar a trepar de nuevo y esperar que la próxima vez que resbale pueda caer del otro lado.

Lo meses desde que perdí mi trabajo se me han ido en un semi-encierro voluntario, porque éste país es más aburrido que un rosario sin refrescos y todavía no he podido conseguir otro trabajo—que pague y no sea sólo por amor al arte. Unos burros envidiosos en Bélgica me recomendaron que solicitara un post-doc con ellos. No los mandé pa’l carajo por que no sé como decirlo ni en francés ni en flamenco y el inglés no tiene la misma potencia para esas cosas.— De todas formas, todo me parece mejor ésta semana, aunque todavía sigo estando confundida y un poco asustada de lo que me espera más adelante. Lo bueno es que ya dejé de llorar, me les cagué en la madre a los hijos de puta que “reorganizaron” mi vida y por aquí voy, cantando, culeando y cortando mis cebollas.